«Todas las veces que coman este pan y beban esta copa, anuncian la muerte del Señor, hasta que él venga».
1 Corintios 11: 26, RVA15
Al establecer el servicio sacramental para que tomara el lugar de la Pascua, Cristo dejó para su iglesia un monumento conmemorativo de su gran sacrificio por la humanidad. «Hagan esto dijo él, en memoria de mí». Este era el punto de transición entre dos dispensaciones y sus dos grandes fiestas. La una había de concluir para siempre; la otra, que él acababa de establecer, había de tomar su lugar, y continuar durante todo el tiempo como el conmemorativo de su muerte.
En esta última acción de Cristo en la que compartió con sus discípulos el pan y el vino, se mostró a ellos como su Redentor mediante un nuevo pacto, en el que estaba escrito y sellado que sobre todos los que reciben a Cristo por la fe se derramarán todas las bendiciones que el cielo pueda proporcionar, tanto en esta vida como en la vida inmortal futura. Este pacto debería ser ratificado por la propia sangre de Cristo. Las ofrendas y los sacrificios de la antigüedad habían mantenido constantemente este hecho en la memoria del pueblo escogido.
Cristo estableció que su cena se conmemorara con frecuencia para hacemos recordar su sacrificio, en el que dio su vida por la redención de los pecados de todos los que creyeran en él y lo recibieran.— El evangelismo, cap. 8, pp. 205-206, 207.
A la muerte del Salvador, las potencias de las tinieblas parecieron prevalecer, y se regocijaron de su victoria. Pero del sepulcro abierto de José, Jesús salió vencedor.— El Deseado de todas las gentes, cap. 16, p. 142.
Jesús se negó a recibir el homenaje de los suyos hasta tener la seguridad de que su sacrificio era aceptado por el Padre. Ascendió a los atrios celestiales, y de Dios mismo oyó la seguridad de que su expiación por los pecados de los seres humanos había sido amplia, de que por su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre ratificó el pacto hecho con Cristo, de que recibiría a los seres humanos arrepentidos y obedientes, y los amaría como a su Hijo. Cristo había de completar su obra y cumplir su promesa: «Haré más precioso que el oro fino al varón y más que el oro de Ofir al ser humano» (Isa. 13: 12).— Ibid., cap. 82, pp. 749-750.
EL PACTO DE LA GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
