Bajo la superficie
En su Carta a los creyentes de la Iglesia cristiana primitiva, Santiago da consejos sobre cómo manejar la ira. El texto trata una cuestión que, según se cree, había causado algunos problemas en la comunidad de los primeros creyentes. Los advertía de que controlaran su ira y los animaba a poner más atención al escuchar, un consejo que aún es necesario hoy en día.
La ira suele revelar un problema más profundo. Cuando examinamos nuestro corazón, detrás de nuestra ira podemos encontrar capas de tristeza, decepción, vergüenza, impotencia, dolor, inseguridad, pena, ansiedad, estrés, agotamiento, celos, desprecio o amargura. Puede ser más fácil expresar ira que otras emociones, por lo que esta tiende a enmascarar emociones más difíciles de identificar y comunicar. Además, recurrimos a la ira porque nos hace sentir «poderosos» y protegidos, en contraste con las emociones de la lista anterior que nos hacen sentir vulnerables.
Como la ira no es más que la punta de un gran iceberg de problemas ocultos bajo la superficie, antes de abordar la ira de forma significativa primero debemos abordar el núcleo del problema. Cuando nuestra ira es desproporcionada con respecto a lo que está ocurriendo, debemos preguntarnos: ¿A qué se debe esta reacción mía? ¿Cuál es su verdadero origen? A menudo, la ira proviene de un acontecimiento pasado que puede tener poca conexión obvia con la situación presente. A veces puede ser útil trabajar con un terapeuta para averiguar de dónde procede la ira y aprender cómo abordarla.
Nunca tendremos tiempo de procesar nuestras experiencias y emociones a menos que sigamos el consejo del apóstol: «Ustedes deben estar listos para escuchar; en cambio deben ser lentos para hablar y para enojarse» (Santiago 1: 19). Santiago nos evitaría la reacción rápida y airada que luego lamentamos tanto. Es importante aplicar este consejo bíblico de «ser lentos» en cuanto reconozcamos los primeros signos de ira: aumento del ritmo cardíaco, respiración más rápida y superficial, palmas de las manos sudorosas, músculos tensos, sensación de acaloramiento, de estar a la defensiva o de querer hacer daño a alguien.
También es útil centrarse en regular la respiración acelerada haciendo algunas respiraciones profundas, aunque sea en medio de una conversación. Si lo necesitas, desconecta por completo durante un rato. Sal a la calle, da un paseo, despeja tu mente. Piensa en una olla de agua hirviendo: tienes que retirarla del fuego para que se enfríe. Cuando tu respiración se normaliza y tu ritmo cardíaco vuelve a bajar, el cerebro recibe un mejor suministro de oxígeno, que te permite pensar con más claridad y tener mejor control sobre ti mismo. Tomarse tiempo para calmarse permite empezar a procesar lo que está ocurriendo y responder adecuadamente en lugar de limitarse a reaccionar por impulso ante la situación. Y lo que es más importante: tomarse tiempo para despejar la mente deja espacio para que el Espíritu Santo obre en tu interior. Una vez que estés más calmado, puedes volver a la situación para resolverla.
Regresa al texto que has escrito o parafraseado. Analízalo directamente y reflexiona sobre su contenido con máximo detenimiento.
- Encierra en un círculo las palabras, frases e ideas que se repiten.
- Subraya las palabras y frases que consideras más relevantes y que te resultan más significativas.
- Utiliza flechas para conectar algunas palabras y frases que se relacionan con otros conceptos similares.
- ¿A qué parece apuntar lo que copiaste y relacionaste?
Memoriza tu versículo favorito de Santiago 1: 19-21. Escríbelo varias veces a fin de que te sea más fácil recordarlo.
¿Por qué es peligrosa la ira desenfrenada?
Según tu percepción, ¿cómo la ira afecta las relaciones?
ección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2025.
1er trimestre 2025 «RENOVAR LA MENTE»
Lección 07 «CALMAR LA MENTE AIRADA»
Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez
