EL REINO DE LA GRACIA
«Para que recibamos una herencia incorruptible, incontaminada e imperecedera. Esta herencia les está reservada en los cielos».
1 Pedro 1: 4, RVC
Cristo estaba enseñando, y, como de costumbre, otros, además de sus discípulos, se habían congregado a su alrededor. Había muchos que deseaban la gracia del cielo únicamente para satisfacer sus propósitos egoístas. Reconocían el maravilloso poder de Cristo al exponer la verdad con una luz clara. ¿No les prestaría él su poder para su provecho mundanal? «Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia»» (Luc. 12: 13):
En medio de la solemne instrucción que Cristo había dado, este hombre había revelado su disposición egoísta. Podía apreciar la capacidad del Señor, la cual iba a obrar en beneficio de sus asuntos temporales, pero las verdades espirituales no habían penetrado en su mente y en su corazón. Jesús estaba abriendo ante él los tesoros del amor divino. El Espíritu Santo estaba suplicándole que fuese un heredero de la herencia «incorruptible, incontaminada e inmarchitable». Pero sus ojos fijos en la tierra.
La misión del Salvador en la tierra se acercaba rápidamente a su fin. Le quedaban solamente pocos meses para completar lo que necesitaba hacer para establecer el reino de su gracia. Sin embargo, la codicia humana quería apartarlo de su obra, para hacerle participar en la disputa por un pedazo de tierra. Pero Jesús no podía ser apartado de su misión. Su respuesta fue: «Hombre —replicó Jesús—, ¿quién me nombró a mí juez o árbitro entre ustedes?» (Luc. 12: 14, NVI). Cristo dijo claramente que su ocupación no era arreglar ese tipo de disputas. Su venida tenía otro fin: predicar el evangelio y así despertar en los mortales el significado de las realidades eternas.
Cuando él envió a los doce, les dijo: «Vayan y anuncien que el reino de los cielos se ha acercado» (Mat. 10: 7, 8, DHH). El único remedio para nuestros pecados y dolores es Cristo. Únicamente el evangelio de su gracia puede curar los males que azotan a la sociedad. Solamente él da un nuevo corazón de amor en lugar del corazón egoísta de pecado.— Palabras de vida del gran Maestro, cap. 20, pp. 201, 202, 203.
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
