«No tengas ningún temor de las cosas que has de padecer.
He aquí, el diablo va a echar a algunos de ustedes en la cárcel para que sean probados . Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida>>.
Apocalipsis 2: 10, PVA15
Por decreto del emperador, [Juan] fue desterrado a la isla de Patmos, condenado «por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo» (Apoc. 1:9). Sus enemigos pensaron que allí no se haría sentir más su influencia, y que finalmente moriría de penurias y angustia.
Patmos, una isla árida y rocosa del mar Egeo, había sido escogida por las autoridades romanas para desterrar allí a los criminales; pero para el siervo de Dios esa lóbrega residencia llegó a ser la puerta del cielo. Allí, alejado de las bulliciosas actividades de la vida, y de sus intensas labores de años anteriores, disfrutó de la compañía de Dios, de Cristo y de los ángeles del cielo, y de ellos recibió instrucciones para guiar a la iglesia de todo tiempo futuro. Entre los riscos y rocas de Patmos, Juan mantuvo comunión con su Creador. Repasó su vida pasada y, al pensar en las bendiciones que había recibido, la paz llenó su corazón.
En su aislado hogar, Juan estaba en condiciones, como nunca, de estudiar más de cerca las manifestaciones del poder divino, conforme están registradas en el libro de la naturaleza y en las páginas de la inspiración. En años anteriores sus ojos habían observado colinas cubiertas de bosques, verdes valles, llanuras llenas de frutales: y en las hermosuras de la naturaleza siempre había sido su alegría rastrear la sabiduría y la pericia del Creador. Ahora estaba rodeado por escenas que a muchos les habrían parecido lóbregas y sin interés; pero para Juan era distinto. Aunque sus alrededores parecían desolados y áridos, el cielo azul que se extendía sobre él era tan brillante y hermoso como el de su amada Jerusalén. En las desiertas y escarpadas rocas, en los misterios de la profundidad, en las glorias del firmamento, leía importantes lecciones. Todo daba testimonio del poder y la gloria de Dios.
Al mirar las rocas recordaba a Cristo: la Poca de su fortaleza, a cuyo abrigo podía refugiarse sin temor. Del apóstol desterrado en la rocosa Patmos subían los más ardientes anhelos de su alma por Dios, las más fervientes oraciones.— Los hechos de los apóstoles, cap. 56, pp. 425, 426
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Devocional Vespertino para 2024.
«Conflicto y Valor»
Por: Elena G de White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
