Mateo 3: 1-12
<«<¡Aquí tienen al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!»>.
Juan 1: 29, NVI
Durante un tiempo, la influencia del Bautista sobre la nación había sido mayor que la de sus gobernantes, sacerdotes o príncipes. Si hubiera declarado que era el Mesías y encabezado una rebelión contra Roma, los sacerdotes y el pueblo se habrían agolpado alrededor de su estandarte. Satanás había estado listo para asediar a Juan el Bautista con toda consideración halagadora para la ambición de los conquistadores del mundo. Pero, frente a las evidencias que tenía de su poder, había rechazado constantemente esta magnífica seducción. Había dirigido hacia Otro la atención que se fijaba en él. Ahora veía que el flujo de la popularidad se apartaba de él para dirigirse al Salvador. Día tras día, disminuían las muchedumbres que lo rodeaban.
Los discípulos de Juan vinieron a él diciendo: «Maestro, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien diste testimonio, ahora está bautizando y todos lo siguen> (Juan 3: 26, DHH). Con estas palabras, Satanás presentó una tentación a Juan. Aunque la misión de Juan parecía estar a punto de terminar, le era todavía posible estorbar la obra de Cristo. Si hubiera simpatizado consigo mismo y expresado pesar o desilusión por ser superado, habría sembrado semillas de disensión que habrían estimulado la envidia y los celos e impedido gravemente el progreso del evangelio.
Juan tenía por naturaleza los defectos y las debilidades comunes a la humanidad, pero el toque del amor divino lo había transformado. Moraba en una atmósfera que no estaba contaminada por el egoísmo y la ambición, y lejos de los miasmas de los celos. Tenía el gozo de presenciar el éxito de la obra del Salvador.
Mirando con fe al Redentor, Juan se elevó a la altura de la abnegación. No trató de atraer a las personas a sí mismo, sino de elevar sus pensamientos siempre más alto hasta que se fijaran en el Cordero de Dios. Él mismo había sido tan solo una voz, un clamor en el desierto. Ahora aceptaba con gozo el silencio y la oscuridad a fin de que los ojos de todos pudieran dirigirse a la Luz de la vida. Los que son fieles a su vocación como mensajeros de Dios no buscarán honra para sí mismos. El amor del yo desaparecerá en el amor por Cristo.— El Deseado de todas las gentes, cap. 18, pp. 155-157.
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Devocional Vespertino para 2024.
«Conflicto y Valor»
Por: Elena G de White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
