Yo desafío hoy al ejército de Israel! ¡Elijan a un hombre que pelee conmigo!».
1 Samuel 17: 10, NVI
Cuando Israel declaró la guerra a los filisteos, tres de los hijos de Isaí se unieron al ejército bajo las órdenes de Saúl; pero David permaneció en casa. Después de algún tiempo, sin embargo, fue a visitar el campamento de Saúl. Por orden de su padre debía llevar un mensaje y un regalo a sus hermanos mayores, y averiguar si estaban sanos y salvos. […] A medida que David se acercaba al ejército, oyó un alboroto, como si se estuviera por entablar una batalla. […]
Goliat, el campeón de los filisteos, salió, y con lenguaje ofensivo retó a duelo a Israel, y lo desafió a presentar de entre sus filas un hombre que pudiera enfrentársele en singular pelea. [
Durante cuarenta días el escuadrón israelita había temblado ante el desafío arrogante del gigante filisteo. Sus corazones decaían cuando miraban el enorme cuerpo, que medía seis codos y un palmo. Llevaba en la cabeza un casco de metal, y estaba vestido de una coraza de planchas que pesaba cinco mil siclos, y con grebas de metal en las piernas. La cota estaba hecha de planchas de metal puestas una sobre la otra, como las escamas de un pez, tan estrechamente juntadas que ningún dardo o saeta podía penetrar a través de la armadura. A la espalda el gigante llevaba una jabalina o lanza enorme, también de bronce. «El asta de su lanza era como un rodillo de telar y la punta de su lanza pesaba seiscientos siclos de hierro. Delante de él iba su escudero» (1 Sam. 17:7).— Patriarcas y profetas, cap. 61, pp. 633, 634.
Israel no desafió a Goliat, sino que Goliat se jactó orgullosamente contra Dios y su pueblo. Los desafíos, las jactancias y los insultos deben venir de los opositores de la verdad, que hacen el papel de Goliat. Pero nada de este espíritu debiera verse en aquellos a quienes Dios ha enviado para proclamar el último mensaje de amonestación a un mundo condenado.
Goliat confiaba en su armadura. Aterrorizaba a los ejércitos de Israel mediante su jactancia desafiante y salvaje, mientras hacía un despliegue sumamente impresionante de su armadura, que era su fuerza. — Testimonios para la iglesia, t. 3, p. 243.
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Por: Elena G de White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
