VERSÍCULO PARA MEMORIZAR
Dios es Espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo de un modo verdadero, conforme al Espíritu de Dios. Juan 4:24
MENSAJE
No importa donde estemos, podemos adorar a Dios en espíritu en respuesta a su amor.
REFERENCIAS
Juan 4: 5-26; El Deseado de Todas las Gentes, cap. 1; Creencias fundamentales 5, 10, 4
¿Te ha faltado alguna vez agua para beber? ¿O has sentido en alguna ocasión una sed realmente intensa? La historia de hoy tiene que ver con la sed de agua, y con mucho más que eso. Imagina un día muy caluroso.
Los pies de un grupo de judíos levantaban pequeñas nubes de polvo mientras caminaban a la hora del mediodía hacia el hermoso valle de Siquem. A la entrada del valle estaba el pozo de Jacob. Jesús se sentó a descansar en ese lugar, mientras los discípulos fueron a un pueblo samaritano en busca de alimento.
Pronto llegó una mujer samaritana con un cántaro y una cuerda, en busca de agua. Bajó el cántaro hasta el agua del pozo, sin decir nada. También Jesús permaneció callado. La mujer actuó como si estuviera sola. Ignoró completamente a Jesús. Sucedía que los judíos y los samaritanos se detestaban mutuamente y evitaban relacionarse.
Cuando la mujer se volvió para alejarse llevando el cántaro lleno sobre su hombro, Jesús le habló.
-Dame de beber (ver Juan 4: 7).
Ese era un pedido que no podía rehusar. Un hombre judío nunca pediría nada a una mujer samaritana; pero en esa región desértica, nadie se negaría a satisfacer un pedido de agua.
-¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy una mujer samaritana? -quiso saber ella, extrañada.
-Si supieras lo que Dios da Jesús y la mujer junto al pozo y quién es el que te está pidiendo agua -contestó Jesús-, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva (ver Juan 4: 10).
La mujer no estaba segura del significado de lo que acababa de oír, pero le parecía que eso era importante. Lo único que veía era un cansado viajero judío.
-¿Eres tú más importante o más poderoso que Jacob, quien abrió este pozo y nos dio su agua? -preguntó la samaritana.
Jesús no contestó la pregunta directamente. En cambio, dijo algo en lo que la mujer tendría que pensar:
-Todos los que beben de esta agua, volverán a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré brotará en él como un manantial de vida eterna (ver Juan 4: 14).
-Señor -dijo la mujer-, dame de esa agua, para que no vuelva yo a tener sed ni tenga que venir a sacarla a este pozo.
-Llama a tu marido y vuelve acá, para explicarles más sobre esto -le pidió Jesús.
-No tengo marido -contestó la mujer acomodando el cántaro en su hombro nuevamente, porque no quería hablar del tema. -Bien dices que no tienes marido; porque has tenido cinco maridos, y el que ahora tienes no es tu marido (Juan 4: 17-18).
La mujer quedó pensativa, ¿Cómo podía ese desconocido saber los secretos de su vida? Ella era consciente de que su vida no era correcta, pero no quería platicar de eso.
-Señor, ya veo que eres un profeta -dijo tratando de evadir el asunto-.
Nuestros antepasados, los samaritanos adoraron a Dios aquí, en este monte; pero ustedes los judíos dicen que Jerusalén es el lugar donde debemos adorarlo.
Jesús le habló calmada mente y sin prejuicio. Estaba interesado en su salvación más que en su manera de entender las ceremonias y las controversias religiosas. Ella reaccionó bien a sus consideradas y convincentes palabras.
-Yo sé que va a venir el Mesías -dijo la samaritana-o Cuando él venga, nos lo explicará todo. Estoy empezando a creer que tú eres ese Mesías.
Jesús sonrió olvidando su cansancio y su sed. Podía ver que la mujer comenzaba a reconocer quién era él. Le dijo:
-Ese soy yo, el mismo que habla contigo.
La mujer podía sentir «el agua de vida» que comenzaba a brotar en su interior. Dejó su cántaro junto al pozo y corrió hacia la aldea para llamar a los vecinos para que fueran a escuchar aquellas maravillosas palabras.
Jesús todavía no había bebido agua. La mujer ni siquiera se acordó de llevar su cántaro; pero ambos se sintieron refrescados.
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