La parábola del trigo y la cizaña no significa que la iglesia no pueda separar a los miembros que han elegido pecar abiertamente o que han renunciado a asuntos cruciales de la fe. De hecho, Jesús proporcionó pasos claros que la iglesia debe seguir cuando un miembro elige obstinadamente continuar por su camino de pecado (ver Mateo 18: 15-20). Tales personas no deben ser castigadas con ningún instrumento de crueldad, pues la medida más severa contra un miembro impenitente es separarlo de la comunidad de creyentes. Cristo dijo: «Si tampoco les hace caso a ellos, díselo a la comunidad; y si tampoco hace caso a la comunidad, entonces habrás de considerarlo como un pagano o como uno de esos que cobran impuestos para Roma» (Mateo 18: 17). Al observar el ministerio de Jesús y cómo se relacionaba con los paganos y los recaudadores de impuestos, encontramos que siempre buscaba ganarlos para Dios. Atraía a su círculo íntimo a los que estaban dispuestos a aprender y a cambiar. Sin lugar a dudas, algo es evidente: Jesús nunca castigó ni siquiera a los paganos y recaudadores de impuestos más obstinados con multas, encarcelamiento, tortura o muerte. Nunca usó coerción de ningún tipo para hacer crecer y formar su iglesia. Por lo tanto, las directrices para la disciplina de la iglesia mencionadas en Mateo 18 coinciden con las directrices que Jesús estableció en la parábola del trigo y la cizaña. La meta en cada paso de la disciplina eclesiástica es siempre la restauración y la reconciliación.
El pasaje de 1 Corintios 5 da un buen ejemplo de cómo aplicar estos principios en situaciones difíciles dentro de la iglesia. En este desafortunado caso, el miembro de la iglesia en cuestión mantenía una relación sexual con su madrastra y no daba muestras de arrepentimiento. Pablo dio instrucciones para que esta persona fuera separada de la comunidad de la iglesia (vers. 1-8). Instó a los miembros a que dejaran de estar en compañía de creyentes sexualmente inmorales, aunque les hizo entender que no por ello debían acabar con sus relaciones sociales hacia personas sexualmente inmorales no cristianas (vers. 9-11). Tiempo después, cuando este hombre se arrepintió de su conducta, Pablo animó a la iglesia a recibirlo de nuevo como parte de la hermandad (ver 2 Corintios 2: 6-8). Sabemos por esta historia y por las instrucciones de Jesús que una iglesia responsable ocasionalmente tendrá que separar a ciertas personas.
Algunos creen que tener libertad religiosa significa que uno puede creer cualquier doctrina falsa y seguir siendo miembro de la iglesia. Esto es una terrible distorsión. En realidad, la libertad de conciencia concede a una persona la autonomía de creer lo que quiera y unirse a una organización afín, siempre que no ponga a otros en peligro. Sin embargo, la libertad religiosa no es motivo para obligar a una organización a trabajar con personas que no coinciden con sus enseñanzas doctrinales. Pablo apoyó esta idea, ya que aconsejó a algunos líderes eclesiásticos que evitaran a los que enseñaban doctrinas contrarias (ver Romanos 16: 17) e instruyó a otros para que silenciaran a esos falsos maestros (Tito 1: 11). Pablo no quiso decir que debían llamar a la policía para impedir que estos falsos maestros compartieran sus ideas en otros lugares; simplemente, advirtió a los líderes que no dieran lugar a estos oradores en sus propias iglesias. Si querían difundir sus falsas ideas, tenían que ir a otra parte, no adueñarse de la plataforma de la iglesia. Tal consejo es todavía pertinente para la iglesia actual.
Después de repasar el texto que escribiste y resaltaste:
- ¿Qué te parece lo que marcaste o subrayaste y relacionaste?
- ¿Qué preguntas te surgen?
- ¿Qué partes del pasaje te parecen más difíciles?
- ¿Qué otros principios y conclusiones puedes identificar?
- ¿Por qué es necesario aplicar la disciplina eclesiástica a fin de mantener la salud espiritual de la congregación?
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Colaboradores: Joaquín Maldonado & Mayra

