¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! LUC. 2:14.
El senador John McCain pasó cinco años y medio como prisionero de guerra en Hanoi durante la guerra de Vietnam. Junto con muchos otros pilotos soportó un terrible sufrimiento. Pero llegó un día, recuerda McCain con claridad, en que pudieron elevarse por encima del abuso y el aislamiento.
Fue en ocasión de la Nochebuena del año 1971. Unos días antes McCain había tenido una Biblia por unos pocos minutos. Con desesperación copió tantos versículos de la historia de Navidad como pudo hasta que llegó un guardia y le quitó el libro.
En esta noche especial los prisioneros habían decidido tener su propio servicio de Navidad. Comenzaron con el Padrenuestro y luego entonaron cánticos navideños. McCain leyó una porción del Evangelio de Lucas antes de cada himno. Al principio los hombres estaban nerviosos. Recordaban cómo un año atrás los guardias habían entrado de golpe en el servicio que realizaban en secreto y habían golpeado a los tres hombres que estaban dirigiendo las oraciones. Se los arrastró y se los puso en confinamiento solitario. El resto fue encerrado en celdas sumamente pequeñas durante once meses.
Pero aun así los prisioneros querían cantar en esa noche. Y así fue. Al principio cantaban bien suave, casi como un murmullo, mirando con ansiedad las ventanas de barrotes. A medida que el programa continuaba, los prisioneros se tornaron más osados. Sus voces se elevaron un poco más hasta que llenaron la celda con: «Los heraldos celestiales cantan con sonora voz».
Algunos de los hombres estaban demasiado enfermos para estar de pie, pero los colocaron sobre una plataforma y cubrieron sus cuerpos temblorosos con frazadas. Todos querían unirse en los cantos que ahora los hacían sentirse gozosos y triunfantes.
Cuando llegaron a «Noche de paz», las lágrimas rodaban por sus rostros barbudos. John McCain más tarde escribió: «De pronto estábamos 2.000 años atrás y del otro lado del mundo en una villa llamada Belén. Y ni la guerra, ni la tortura ni la prisión pudieron apagar la esperanza que nació en esa noche silenciosa tanto tiempo atrás. Nos olvidamos de nuestras heridas, del hambre, del dolor. Elevamos oraciones de agradecimiento por el Cristo niño, por nuestras familias y hogares. Sentimos una sensación absolutamente exquisita porque nos habían quitado nuestras cargas».
Al abrir nuestros corazones a él, el Cristo niño nos dará su paz también, quitará nuestras cargas. Los problemas de la vida se tornarán insignificantes ante la luz de su amor glorioso. El Cristo que nació en Belén 2.000 años atrás, anhela volver a nacer en nuestros corazones ahora. Así como él transformó una prisión en Vietnam del Norte en un lugar de amor, anhela llenar su hogar con amor en el día de hoy.
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«SOBRE TIERRA FIRME»
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal

