Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesús. НЕВ. 10:19.
Corría el año 1979. En un viaje a México, Efrén de Loa, de 13 años, se enfermó. Un hospital local trató sus síntomas, pero su condición no mejoraba. La familia del muchacho, ansiosa, lo trajo a los Estados Unidos. Los médicos en el Hospital de Niños de Oakland diagnosticaron la enfermedad de Efrén como anemia aplástica, una enfermedad rara y posiblemente fatal. La solución más viable era encontrar un donante compatible, preferiblemente un miembro cercano de su familia. Sus padres y siete hermanos y hermanas se sometieron a los exámenes para ver si podían ser donantes adecuados, pero ¡oh sorpresa!, no sólo su sangre no era compatible, ¡los exámenes revelaron que Efrén no era un miembro biológico de esa familia!
Su madre se dio cuenta inmediatamente de lo que había sucedido. El día en que ella trajo a Efrén a la casa desde el hospital en Mexicali, había estado esperando en una fila con el bebé en una cunita cerca de ella, hasta que la dieran de alta. Mientras su atención estaba concentrada en el mostrador, una enfermera apurada colocó un segundo bebé en la cunita.
Cuando la Sra. de Loa se dio vuelta, hubo un momento de confusión. Dos bebés. Ambos varones, nacidos el mismo día. Sin ninguna identificación. Ambos vestidos con la misma ropa del hospital. ¿Cuál de esos bebés era el suyo?
Entonces vino la otra madre. Las dos quedaron en silencio mirando la cuna y pensando. «Creo que este es el mío», concluyó la Sra. de Loa. La otra mujer estuvo de acuerdo, y cada una se fue por su camino, sin volver a verse nunca más. O así lo pensaron. De pronto, ahora, trece años más tarde, se tornaba muy importante encontrar a la otra familia. La vida de Efrén dependía de ello.
El periódico más importante de Mexicali sacó la noticia, con los pocos detalles que la Sra. de Loa podía recordar. Luego de cinco días apareció la familia biológica de Efrén. Las dos madres se abrazaron y cada una reconoció a su verdadero hijo, a quien no había visto en todos esos años. Gracias a la sangre que la familia biológica de Efrén proveyó, él ahora tenía una nueva oportunidad de vivir. Se perdieron al nacer, pero a través de la sangre descubrieron sus verdaderas identidades y conocieron su verdadera familia.
¡Qué parábola de la naturaleza humana! Nosotros también hemos estado perdidos desde el nacimiento. Nuestra verdadera identidad se revela a través de la sangre que Cristo derramó. En las Escrituras, la sangre simboliza la vida (Lev. 17:10-14). A través de la sangre derramada por Cristo, Dios establece un nuevo pacto (Mat. 26:27, 28). No somos extraños ya más, sino adoptados por la familia de Dios (Efe. 2:13). La sangre derramada por Cristo provee la base legal para que podamos ser llamados hijos de Dios (vers. 9).
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Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME»
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal

