No temas; yo soy el primero, y el último. APOC 1:17
En mayo de 2001 , nuestro equipo de producción del programa It is Written (Escrito Está) visitó la isla de Patmos, para grabar una nueva serie de programas, “Cartas desde una isla solitaria”.
Llegamos un viernes por la tarde. Al bajar el sol, y pintarse el horizonte de un intenso carmesí, como por el pincel de un artista maestro, me senté a la orilla del Mar Egeo y leí el libro de Apocalipsis. Pensé en varios siglos atrás.
Hacia finales del primer siglo, los oficiales romanos habían desterrado al apóstol Juan a esta isla desierta, de aproximadamente 16 kilómetros de largo. Juan era un anciano que sin duda no constituía una amenaza para la estabilidad de Roma. Pero los oficiales romanos temían lo que Juan había visto y oído. Sus ojos todavía brillaban con una visión del personaje más revolucionario de la historia. Él se había enamorado de Jesús.
Juan había sido uno de los discípulos más allegados a Jesús, y no podía cesar de hablar de él. No podía dejar de hablar del amor y la gracia de Cristo, aun cuando eso significara estar en contra del culto de adoración al emperador. Juan se convirtió en una amenaza para el imperio romano, no por los ejércitos que comandara, sino por el Cristo a quien proclamara.
Así fue que en su vejez. Juan fue arrestado y enviado a esta isla rocosa.
Aislado y solo, quedó separado de sus compañeros en la fe.
Esa noche, mientras yo miraba el mar y meditaba en las Escrituras, Jesús estuvo muy cerca de mí. Sentí su presencia tal como Juan debió haberse sentido cuando, exiliado en esta misma isla, recibió a un Visitante.
No era alguien que sus guardias romanos le permitieran ver, era el mismo Jesucristo. Todos los ejércitos romanos del mundo no lo podían impedir. Fue una visión del Cristo glorificado. El rostro de Cristo brillaba como el sol.
Cristo está más cerca de sus hijos en los momentos de mayor soledad. Las palabras de Jesús a Juan: “Yo soy el primero y el último” (Apoc. 1:7) resuenan a través de los siglos. Él es el Cristo eterno. Él es el presente eterno. Él está siempre con nosotros. Juan no vio a Jesús por encima de su pueblo sufriente, mirando su dolor desde su trono. juan vio a “uno semejante al Hijo del Hombre”, “en medio de los siete candeleros” (Apoc. 1: 13). Los candeleros son la iglesia de Cristo, su pueblo (Apoc. 1:20). Dondequiera esté su pueblo, está él.
Puede ser que hoy usted se sienta aislado al igual que Juan en Patmos, pero Jesucristo está con usted tan ciertamente como lo estuvo con Juan. Pídale al Espíritu que abra sus ojos de fe para que pueda verlo hoy caminar en su vida.
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Colaboradores: Familia Mariscal
