ABUELITO, ¿nos llevarás algún día a conocer esa hermosa tierra de la que tanto nos hablas?
—Algún día, querido —respondía José—. Algún día feliz…
El muchacho esclavo que había llegado a ser gobernador de Egipto tenía ahora más de cien años. Sus hijos Efraín y Manasés le habían dado nietos y bisnietos; además, era el tío abuelo de los muchachos y niñas que habían nacido en las familias de sus 11 hermanos.
Me puedo imaginar a estos niños ir corriendo al palacio del anciano José para saludarlo y hablar con él. ¡Era tan bueno y contaba historias tan interesantes! Les encantaba escucharlo hablar de los antiguos días cuando era un niño en Canaán. Casi podían ver las colinas verdes, las montañas nevadas y las veloces cascadas de su tierra natal. Canaán era también su patria, aunque nunca la habían visto.
Más de una vez José había querido volver Alá, pero siempre estaba ocupado. ¡Tenía tantas cosas que atender!
Por fin llegó el día en que sintió que su muerte estaba cercana. Llamó entonces a sus hermanos por última vez y les dijo:
—»Yo estoy a punto de morir, pero sin duda Dios vendrá a ayudarlos, y los llevará de este país a la tierra que prometió a Abraham, Isaac y Jacob… Sin duda Dios vendrá a ayudarlos. Cuando esto ocurra, ustedes deberán llevarse de aquí mis huesos.
José sabía que no era el plan de Dios que los israelitas vivieran siempre en medio de una nación pagana. Algún día, de alguna manera, el Señor los conduciría de regreso a aquella tierra hermosa de la que habían venido. Y él también quería regresar. Por eso les pedía que, cuando llegara ese día, llevaran sus huesos con ellos. Así sus restos descansarían en Canaán.
Sus hermanos prometieron cumplir con este último deseo y José falleció satisfecho. La Biblia no dice cómo fue su funeral, pero debe haber sido realmente espléndido. Sin duda, habrá habido una larga procesión formada por miles de personas que manifestaban su pena siguiendo el cuerpo de ese gobernador sabio y bondadoso hasta el lugar de su sepultura.
Su tumba bien pudo haber estado cerca de las pirámides, donde tantos grandes hombres de Egipto habían sido sepultados. Y cuando la gente pasaba, seguramente comentaría: «Ahí yace uno de los dirigentes más notables que este país ha conocido».
Sin embargo, en unos pocos años, «llegó al poder en Egipto otro rey que no había conocido a José». A este faraón le preocupaba que ahora parecía haber más israelitas que egipcios en Gosén, y esto no le gustaba. Tampoco los egipcios estaban satisfechos con esto. Se quejaban de que esos extranjeros eran dueños de las mejores tierras y de que ocupaban puestos importantes en el gobierno.
Después de recibir una queja tras otra, Faraón decidió hacer algo. Llamó entonces a sus consejeros y les dijo: «¡Cuidado con los israelitas, que ya son más fuertes y numerosos que nosotros! Vamos a tener que manejarlos con mucha astucia; de lo contrario, seguirán aumentando y, si estalla una guerra, se unirán a nuestros enemigos, nos combatirán y se irán del país».
¡Eso era precisamente lo que los consejeros del faraón querían! Habían estado aguardando la oportunidad, de modo que, en seguida, trazaron un plan para sacar provecho de los extranjeros. Era un proyecto muy cruel. Los hebreos ya no serían tratados como iguales, sino como esclavos. Ya no se les permitiría trabajar para sí. Desde ese momento tendrían que trabajar para los egipcios.
¡Imagínate cómo se sintieron los hijos de Israel cuando se les comunicó el decreto del rey! Me parece oírlos exclamar: «¡Esto no es posible! ¡Nos han convertido en esclavos!»
Y era verdad. Muy pronto se dieron cuenta de que los días felices bajo el gobierno bondadoso de José habían pasado para siempre. Ahora debían hacer lo que se les mandaba porque, de lo contrario, los amos egipcios los golpeaban y los castigaban. El faraón y sus consejeros «pusieron capataces para que oprimieran a los israelitas. Les impusieron trabajos forzados, tales como los de edificar para el faraón las ciudades de almacenaje Pitón y Ramsés».
Días tras día, trabajaban bajo el sol ardiente. Desde el amanecer hasta la puesta del sol, hombres, mujeres y niños fabricaban ladrillos, preparaban mezcla y levantaban paredes mientras los capataces estaban junto a ellos con los látigos listos para castigar a cualquiera que quisiera descansar un momento.
Sin embargo, aunque los egipcios «les imponían trabajos pesados y los trataban con crueldad» y «les amargaban la vida» a los hebreos, no pudieron desanimarlos. Si bien muchas veces estaban cansados y tristes, no abandonaban la esperanza de días mejores. «Cuanto más los oprimían, más se multiplicaban y se extendían».
Al volver por la noche a sus hogares, hablaban de la promesa que Dios había hecho a Abram y que había ido pasando de boca en boca a través de tantos, tantos años: «Debes saber que tus descendientes vivirán como extranjeros en tierra extraña, donde serán esclavizados y maltratados durante cuatrocientos años. Pero… cuatro generaciones después tus descendientes volverán a este lugar».
¡Con cuánta ansiedad habrán tratado de calcular cuál era la cuarta generación y cuándo llegaría el momento de su liberación! Más de una vez deben de haber exclamado: «¡Hasta cuándo, Señor! ¡Cuánto tiempo más deberemos sufrir!».
Pero cuando alguno de ellos pasaba por casualidad junto a la tumba de José, recordaba sus últimas palabras: «Dios vendrá a ayudarlos, y los llevará de este país». Entonces un rayo de luz parecía atravesar la oscuridad de la esclavitud y darles una firme esperanza en el futuro.
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Tomado de: Las Bellas Historias de la Biblia
Por: «Arthur S. Maxwell»
Colaboradores: Norma Jeronimo & Miguel Miguel
