Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí. ROM 14:7
En una mañana húmeda y calurosa de 1965, me embarqué en un avión de una aerolínea brasileña, para volar desde Manaos —la antigua capital del caucho, en plena selva— hasta Belén, en la desembocadura del río Amazonas. En ningún momento imaginó que la experiencia de ese día en el avión quedaría para siempre grabada en mi mente. Fija en mi conciencia, influye en mis acciones aun hoy.
Mientras me abrochaba el cinturón de seguridad, preparándome para un viaje tranquilo, al alzar los ojos vi a un religioso hindú que venía por el pasillo del avión. Su bata blanca y larga, sus cabellos cayéndole hasta los hombros y su barba abundante llamaron mi atención; pero más me sorprendió cuando se sentó junto a mí. Su mirada cálida y su sonrisa amable me tranquilizaron al instante.
Durante el viaje, conversamos sobre nuestras respectivas filosofías de vida. Por supuesto, yo compartí con él “las buenas nuevas” acerca de Jesús, mi mejor amigo. Le hablé de su misericordia inagotable, su amor ilimitado y su poder infinito, y también de su creación, su salvación, su amistad, su sacerdocio y su pronto regreso.
Mi interlocutor no dijo mucho, más bien me dejó hablar a mí. Pero al final de las dos horas de vuelo, para mi total sorpresa, me puso la mano sobre el hombro y con su rostro a escasos centímetros del mío, me habló clara y pausadamente.
“Hijo —señaló, cada persona con la que nos relacionamos a lo largo de la vida influye sobre nosotros. No hay encuentros casuales. Ninguna vida es accidental. Influimos los unos en los otros para vida eterna o para muerte. Gracias por hablarme acerca de los nobles principios del reino celestial”.
Después, se dio vuelta y se fue.
A menudo he pensado en aquel encuentro “casual”. En realidad, el hombre tenía razón. No hay encuentros casuales. Nuestras palabras y acciones ejercen una influencia poderosa en los demás. Para el Salvador, cada encuentro era una oportunidad de compartir el amor del Padre. Algunos de los momentos en que transformó vidas para bien surgieron como resultado de encuentros inesperados. No fueron “eventos de testimonio” planificados. Fueron encuentros diurnos en la rutina diaria de la vida. Los encuentros de Jesús con Nicodemo, con la mujer samaritana, con Zaqueo, con el ladrón en la cruz y con el centurión romano fueron oportunidades espontáneas. Cada mañana, Jesús se ponla a disposición del Espíritu Santo para que lo guiara.
Hoy también nosotros podemos influir para bien en la vida de quienes nos rodean. Podemos compartir el amor de Dios con alguien que nos necesite. Alguien necesita nuestras palabras de esperanza y aliento. Pongámonos a disposición del Espíritu Santo.
Estemos alertas. Puede que hoy nos encontremos con algún hijo de Dios que tenga necesidad.
www.meditacionesdiarias.com
www.faceboock.com/meditacionesdiariass
https://play.google.com/store/apps/details?id=com.meditacionesdiarias.mobile
Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME»
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
