“Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porqué él salvará a su pueblo de sus pecados”. Mateo 1:21
En 1914, durante una de sus expediciones al Antártico, el barco de Sir Ernest Shackleton, Endurance, chocó contra un témpano de hielo. La tripulación quedó a la deriva por varios días, hasta dar finalmente, con la isla Elefante.
Shackleton ordenó a sus hombres levantar un campamento donde pudieran guardar las provisiones y procurar sobrevivir el invierno entrante, pero también se dio cuenta de que —al desconocer su situación y paradero- nadie vendría a rescatarlos. Para colmo, los separaban del mundo las aguas heladas del océano. Sólo quedaba una esperanza para el rescate: alguien tendría que cruzar ese océano hostil para conseguir ayuda.
Shackleton preparó una lancha ballenera de 22 pies de largo y escogió seis voluntarios de su tripulación para el viaje. Planeaba cruzar 800 millas de aguas tempestuosas para poder llegar a una estación ballenera noruega, en la gélida isla de Georgia del Sur.
Parecía una misión imposible para una ballenera al descubierto, en la peor época del año, pero Shackleton zarpó con sus hombres. Durante varios días se acurrucaron debajo del manta improvisada de algunas velas, manteniendo la proa hacia las olas embravecidas, y rogando que el viento no destrozara la pequeña embarcación. Pasaron hambre y sed, aguantaron un frío que calaba hasta los huesos, durmieron en bolsas de dormir endurecidas por el hielo, mientras las gélidas aguas golpeaban sus espaldas.
Diecisiete días después de iniciado el viaje —cuando ya desfallecían de sed y por la inclemencia del tiempo—, alcanzaron vislumbrar los riscos oscuros de Georgia del Sur. Shackleton había logrado su propósito. Pronto, desde allí enviarían un barco para recatar el resto de la tripulación perdida. Jesús también vino en una misión de rescate. Nosotros estábamos irremisiblemente perdidos. Abandonados a nuestra suerte en esta isla rocosa e inhóspita que llamamos Tierra.
El dejó la seguridad de su hogar. Dejo el culto y la adoración de los ángeles y la gloria de la eternidad, y, sobre todo, la intimidad de su compañerismo con el Padre, a quien había estado ligado desde la eternidad. Jesús lo arriesgó todo al venir a la Tierra. Enfrentó todo el poder de las tentaciones de Satanás. Experimento plenamente la furia incontenible del odio del maligno.
Jesús hizo este asombroso sacrificio por una sola razón: nos amaba demasiado para quedarse cómodo en el cielo, mientras nosotros nos perdíamos. Nos amaba demasiado para quedarse con el Padre, mientras nosotros caíamos bajo las garras del pecado. Jesús se lanzó al gélido océano de este mundo de pecado para redimirnos. ¡Que Salvador! ¡Que Redentor! ¡Que Libertador! Bien vale la pena amarle y servirle para siempre.
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Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME »
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
