“Más a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento” 2 Corintios 2:14
Se llamaba Soetgen. La arrestaron por su fe en 1559, separándola de su esposo, Claes, y de toda su familia. Cuando las autoridades ejecutaron a Claes, Soetgen vivió en carne propia el temor y la soledad. Desde su celda en Ghent, Bélgica, vio cómo se le iba la vida. . . y comprendió que ya nada volvería a ser como antes. Nunca volvería a ver a sus hijos. . . Con lágrimas en sus ojos, les escribió una carta, infundiéndoles ánimo y seguridad. Esa carta se conservó intacta por siglos, y hoy nos insta a ser fieles.
En ella escribió: “Dado que plugo al Señor llevarme de este mundo, dejaré con vosotros un recuerdo no de oro ni de plata, pues tales joyas se echan a perder. De ser posible, quisiera grabaros una joya en el corazón: esa joya es la palabra de verdad”.
En sus horas finales, Soetgen no pensó en su sufrimiento ni en su muerte inminente. Solo anhelaba que sus hijos fueran fieles al Cristo que ella amaba. Quería que ellos también experimentaran su gracia que fueran fieles a su verdad. Su carta continúa con estas poderosas palabras: ‘Os encomiendo al Señor… Que él os guarde hasta el fin de vuestras vidas. Que os guíe a la Nueva Jerusalén, para que allá podamos vernos con gozo, el día de la resurrección”.
Soetgen podría haberse sentido abrumada por la desesperación. Podría haber sucumbido bajo el peso de la angustia. Sin embargo, escribió una carta llena de amor y de confianza.
Justo antes de su muerte, Soetgen recibió una carta de ánimo de su hija, Betgen. Sí, su preciosa chiquita aún se aferraba a Cristo. En sus corazones ardía la misma fe. El mismo amor por Cristo llenaba sus vidas
Condenada a la hoguera por hereje, el 27 de noviembre de 1560, Soetgen murió quemada. Sus palabras finales a sus hijos, escritas de prisa con mano temblorosa, decían: “Con esto os encomiendo al Señor y a la obra de su gracia.
No hay nada más precioso que nuestra relación con Cristo. No hay relación más importante que esta. Conocerlo es la prioridad absoluta de la vida Desde una celda húmeda en Bélgica, el eco de los siglos nos trae el testimonio de la vida de una mártir fiel. . . y con él nos insta a “buscar primeramente el reino de Dios y su justicia’.
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