Puesto los ojos, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Hebreos 12:2
Tiempo atrás, recibí una carta de una madre que había perdido a sus dos hijitos: uno de tres años y otro de 16 meses. Ambos se habían en la piscina de su casa.
Tras un período difícil, de hondo pesar, la mujer logró reenfocar su visión. Decidió fijar sus ojos en Jesús, resueltamente. Se dio cuenta de que sí Dios podía usarla de alguna manera, valdría la pena vivir, de modo que entregó su vida a Dios, confiando totalmente en él. Pronto empezó a experimentar un intenso deseo de acercarse a Dios y andar con él a diario. Y halló que así se estaba acercando más a los hijitos que había perdido.
En su carta decía: “Ahora tengo hambre y sed de Dios porque lo amo. Sé lo que significa depender de él enteramente, buscarle de todo corazón, amarle con todo mi ser. Sé lo que se siente . . . cuando Dios toca nuestra alma y nos consuela. Sé lo que significa posar mi cabeza en su regazo”.
Esta mujer decidió fijar sus ojos en Cristo, en su hora más oscura. ¿Cómo podemos fijar nuestros ojos en Jesús? Contemplar a Jesús en las Escrituras revitaliza totalmente el ser. En los evangelios, Jesús sana al enfermo, multiplica el pan a los hambrientos, resucita a los muertos, perdona el pecado, libra de los demonios y calma las tormentas. Proporciona sanidad, felicidad y esperanza. Vence los desastres, los demonios y la muerte. Derrota la tristeza, el sufrimiento y la enfermedad. Triunfa sobre el pecado y sobre Satanás. Sus milagros revelan su poder. Sus parábolas revelan las enseñanzas de su reino. Sus sermones revelan sus principios eternos.
Su vida revela el amor de Dios por los quebrantados de espíritu. Muestra la cualidad redentora de su gracia. El busca, salva, perdona, transforma, cambia, renueva el corazón.
A medida que “fijamos nuestros ojos en Jesús”, Dios cumplirá su maravillosa promesa, registrada en 2 Corintios 3:18: ‘Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. El cambio verdadero y duradero del carácter ocurre a medida que el Espíritu de Dios imprime en nuestras mentes los principios transformadores de la vida, que estudiamos en las Escrituras. ‘Una ley del intelecto humano hace que se adapte gradualmente a las materias en las cuales se le enseña a espaciarse. Si se dedica solamente a asuntos triviales, se atrofia y debilita. Si no se le exige que considere problemas difíciles, pierde con el tiempo su capacidad de crecer’ (Patriarcas y profetas, p. 647). Como dice el antiguo himno: ‘Al contemplarte, mi Salvador… veo en mi vida mucho pecar. Tómala, Cristo, quiero triunfar” (Himnario adventista, N’ 278).
www.meditacionesdiarias.com
www.faceboock.com/meditacionesdiariass
https://play.google.com/store/apps/details?id=com.meditacionesdiarias.mobile
Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME »
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
