En el ejemplo que Santiago da de la reunión a la que llegan dos personas, se centra en aquello en lo que los seres humanos se basan para juzgar a los demás: las apariencias. Determinamos cómo tratar a una persona fijándonos en si tiene prendas de oro, si su ropa es cara o si está sucia. ¿No es esto completamente erróneo? No todos los ricos visten ropa cara (fíjate en Mark Zuckerberg) ni todos los pobres llevan la ropa sucia. Una de las razones fundamentales para no juzgar a los demás no es solo que simplemente no está bien, sino que juzgamos fatal. A diferencia de Dios, que ve el corazón y puede juzgar con claridad (1 Sam. 16: 7), los seres humanos solo podemos ver lo superficial, lo cual no proporciona suficiente información para emitir un juicio equilibrado, mucho menos justo.
Santiago dice que mostrar favoritismos es equivalente a juzgar «con mala intención », lo cual niega la realidad de cómo Dios trata a los pobres, a saber, «para que sean ricos en fe y para que reciban como herencia el reino que él ha prometido a los que lo aman» (Sant. 2: 4, 5). Luego da un giro y hace dos preguntas muy agudas sobre los ricos: «¿Acaso no son los ricos quienes los explotan a ustedes, y quienes a rastras los llevan ante las autoridades? ¿No son ellos quienes hablan mal del precioso nombre que fue invocado sobre ustedes?» (vers. 6, 7). Dicho de otra manera, ¿por qué tratan de halagar a gente que ni siquiera se preocupa por ustedes? ¿Por qué buscan enaltecer a los que los oprimen? ¿Por qué honran a los que deshonran a Dios que, supuestamente, es lo más importante para ustedes? Incluso si lo vemos desde una perspectiva egoísta, no tiene sentido. ¿Por qué venerar a los que degradan a otros? ¿Por qué poner en un pedestal a personas a las que no vale la pena emular? Al oprimir a sus hermanos y blasfemar contra Dios, estos supuestos triunfadores dan evidencia de un alma en crisis, de un éxito que es meramente nominal.
Esta clase de sesgo afecta inevitablemente la espiritualidad de quienes lo practican. Cuando nos dejamos llevar por los estándares y los paradigmas del mundo, es posible mostrar parcialidad hacia alguien que tiene éxito material y, aun así, despreciar al Dios que lo creó. Se trata a Dios como «pobre» y se ignora por su falta de popularidad y aceptación en el mundo. Esto no debe ser así.
No podemos clasificar a la humanidad como «los que tienen» y «los que no tienen», en base a posesiones o talentos que determinen su valor. Pensar de esta manera es un pecado que produce muchas decepciones. Ver a los demás seres humanos y a Dios como realmente son, con los ojos de la fe, ayuda a preservar a Dios en el trono del corazón, así como a tener una visión clara de todos los seres humanos, basada en la compasión y la verdad.
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2022.
2do. trimestre 2022 INVERSO
Lección 4 «EL PECADO DE TRATAR BIEN A ALGUIEN»
Colaboradores: Estrellita Hernández & Mayra Cota
