«Todo lo que es bueno y perfecto es un regalo que desciende a nosotros de parte de Dios nuestro Padre, quien creó todas las luces de los cielos. Él nunca cambia ni varía como una sombra en movimiento»(Sant. 1:17, NTV).
La Navidad está a la vuelta de la esquina; esa época maravillosa del año cuando las familias se reúnen para intercambiar regalos y resfríos.
Hay muchas compras que hacer. Creo que es más fácil comprar para los niños porque no son tímidos a la hora de decirte lo que quieren: de hecho, lo gritan a los cuatro vientos apenas se enciende la televisión y comienza a desfilar la publicidad.
Los adultos son más cautos. Especialmente las madres, que nos dirán cosas como: «No tienes que comprarme nada. ¿Qué más puedo pedir que el privilegio de cocinar para ti y limpiar todo lo que tú ensucias?»
Mi esposa no me dice lo que quiere para Navidad. Esto, sin lugar a dudas, es el resultado de mi convicción profunda de que los mejores regalos son los que te sorprenden.
En nuestros primeros años de matrimonio, Lori me decía: «Me encantaría una nueva aspiradora para Navidad»
Y yo respondía: «Bueno, ahora no te la puedo comprar, porque no sería una sorpresa».
Pronto Lori aprendió a pedirme solamente cosas que no quiere. «Me vendría muy bien un poco de hilo dental», decía, por ejemplo.
Sé que no soy el único al que le gustan las sorpresas. Estoy pensando en Melanie, que se casó con un hombre a cuya familia le gusta adivinar cuáles serán sus regalos navideños mientras esperan juntos la Navidad. No dudan en sacudir los paquetes, meterse en los armarios para cazar a alguien in fraganti o mirar qué hay dentro de las bolsas antes de que se envuelvan los regalos en papel navideño.
Cada vez que descubren alguna compra que hizo ella, Melanie sale a la tienda para devolverla, a pesar de que, a menudo, corren tras ella, suplicando: «Pero a mí me encanta». Un año tuvo que comprar un regalo nuevo tres veces para el mismo familiar.
Para mí, los regalos sorpresa contienen elementos divinos. ¿En qué sentido lo digo? Pues verás, cuando traemos nuestros deseos ante nuestro Padre celestial, él a menudo ejerce su privilegio de sorprendernos para darnos algo mejor que lo que habíamos pedido. O para darnos de una manera totalmente inesperada lo que le pedimos.
Si quieres que alguien simplemente te dé las cosas que hay en tu lista, entonces no estás buscando a Dios; estás buscando a Papá Noel. Creo que te estás perdiendo la mejor parte. Kim
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Tomado de: Lecturas Devocionales de Adolescentes 2020
“Una idea genial”
Por: Kim Peckham
Colaboradores: Esteban Cortes & Antonia H
