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«El Espíritu del Señor omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar los corazones heridos, a proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros, a pregonar el año del favor del Señor y el día de la venganza de nuestro Dios, a consolar a todos los que están de duelo, y a confortar a los dolientes de Sion. Me ha enviado a darles una corona en vez de cenizas, aceite de alegría en vez de luto, traje de fiesta en vez de espíritu de desaliento. Serán llamados robles de justicia, plantío del Señor, para mostrar su gloria». Isaías 61: 1-3, NVI

JESÚS «ANDUVO HACIENDO BIENES y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hech. 10: 38). Había poblaciones enteras donde no se oía un solo gemido, porque él había pasado por sus casas sanando a todos los enfermos. Así demostraba su unción divina. En cada acto de su vida revelaba amor, misericordia y comprensión; su corazón rebosaba de tierna compasión por todos. Se revistió de la naturaleza humana para poder solidarizarse con nosotros en todo. Los más pobres y humildes no tenían temor de acercarse a él.
Los niñitos también se sentían atraídos hacia él. Les gustaba sentarse en sus rodillas y contemplar aquel rostro que irradiaba bondad y ternura. Jesús no suprimía una palabra de la verdad, pero siempre la expresaba con amor. En su trato con la gente hablaba con el mayor tacto, afabilidad y cariño. Nunca fue rudo ni pronunció sin necesidad una palabra severa, ni ocasionó innecesariamente dolor a ningún alma sensible. No censuraba la debilidad humana. Decía la verdad, pero siempre con cariño. Denunciaba la hipocresía, la incredulidad y la corrupción; pero las lágrimas velaban su voz cuando profería sus agudas reprensiones. Lloró sobre Jerusalén, la ciudad amada, que se había rehusado a recibirlo, a él, que era «el camino, la verdad y la vida» (Juan 14: 6). Sus habitantes habían rechazado al Salvador, pero él los consideraba con piadosa ternura.
Fue la suya una vida de abnegación y preocupación por los demás. Para Jesús cada persona era valiosa. A la vez que Cristo se condujo siempre con divina dignidad, se preocupaba con la más tierna consideración por cada uno de los miembros de la familia de Dios.— El camino a Cristo, cap. 1, pp. 17-18.
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Devocional Vespertino Para 2020.
«Conocer al Dios Verdadero»
«PARA FAMILIARIZARNOS CON EL SERVICIO A DIOS»
Por: Elena G. de White
Colaboradores: Pilita Mariscal & Martha Gonzalez
