lunes , 31 agosto 2026

 

El hijo prometido

«Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: “Yo soy el Dios todopoderoso; vive una vida sin tacha delante de mí, y yo haré una alianza contigo: haré que tengas muchísimos descendientes”» (Gén. 17: 1-2). Para entonces, Abraham ya se había asentado. Tras casi veinticinco años en Canaán, seguía siendo un forastero, pero al menos tenía un heredero: su hijo Ismael, su propia carne y sangre, su desesperado intento de ayudar a Dios a cumplir sus promesas. Tras reiterar los términos del pacto y establecer el rito de la circuncisión como señal de consagración, Dios le dijo a Abraham que su esposa, Sara, daría a luz a un hijo a pesar de tener noventa años (vv. 15-16). La respuesta de Abraham fue caerse de bruces, riéndose, y recordarle a Dios que ya tenía un hijo, Ismael (vv. 17-18). Paciente y misericordiosamente, Dios le informó de que no era un error: en efecto, Sara tendría un hijo en su vejez; un niño fruto de un milagro. El nacimiento de Isaac demuestra la capacidad de Dios para cumplir sus promesas sean cuales sean las circunstancias.

Cuando Isaac era joven, Dios puso a prueba la fe de Abraham una vez más. Dios se le apareció a Abraham y le pidió el sacrificio supremo: «Toma a Isaac, tu único hijo, al que tanto amas, y vete a la tierra de Moria. Una vez allá, ofrécelo en holocausto sobre el cerro que yo te señalaré» (Gén. 22: 2). Todas las esperanzas de Abrahán se centraban en su hijo prometido, Isaac. Dios mismo había declarado que Isaac formaba parte del pacto, pero luego le pidió que renunciara a lo que más atesoraba. Abraham obedeció, creyendo que, si era necesario, Dios resucitaría a Isaac de entre los muertos para cumplir sus promesas (ver Heb. 11: 17-19). Dios recompensó la fe de Abraham. No solo libró a Isaac de la muerte, sino que, como sustituto para el sacrificio, le proporcionó un carnero, que Abraham descubrió enredado entre los arbustos.

El carnero que Dios proveyó simbolizaba la culminación del pacto. Todas las promesas hechas a Abraham, entre ellas el hijo, la tierra de Canaán y la grandeza nacional, convergían en un único acontecimiento: el Mesías, el Hijo único de Dios, que sería sacrificado por los pecados del mundo. El propósito del pacto de Dios con Abraham era preparar a un pueblo y un lugar para cuando el Cordero de Dios fuera presentado al mundo (ver Juan 1: 29). Presentar a Jesús al mundo sigue siendo el propósito del pacto, así como el llamado divino para cada uno de nosotros. Si, como Abraham, confiamos en Dios y en sus promesas, Dios también puede hacer grandes cosas a través de nosotros.

Medita nuevamente en Génesis 15 y busca a Jesús en el pasaje.

¿Te ofrece el texto una perspectiva nueva o diferente de Jesús?

¿Cómo ha sido puesta a prueba tu fe? ¿Qué lecciones aprendiste?

Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2025.
4to trimestre 2025 «EL LIBRO DE JOSUÉ»
Lección # 01  «NUEVAS FRONTERAS»
Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez

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