«Oren sin cesar». 1 Tesalonicenses 5: 17 .
Algunas personas piensan que la oración es una colección de frases A rebuscadas o un rezo adornado con un montón de peticiones egoístas. ¡Qué buenos somos para pedir cosas a Dios! Tratamos al Creador del universo como si fuera un paraguas o un «genio de la lámpara», algo que solo buscamos cuando surge una necesidad o cuando hay un deseo insatisfecho. Pero Dios no quiere ser manipulado. El simplemente quiere ser el Dios de nuestras vidas.
Necesitamos entender que la oración es una conversación con Dios, un momento en el que nos mostramos tal cual somos, sin máscaras, sin vergüenza y sin timidez. Cuando abrimos el corazón al Señor, tal como lo haríamos con un amigo, liberamos la ansiedad y nuestro corazón empieza a latir al mismo ritmo que el corazón de Dios. La oración tiene la capacidad de regular nuestros pensamientos, normalizar la presión y traer paz al alma. Como dice la canción: «Orar a Dios refresca el alma, hablar con Dios me da solaz».
La oración también es un acto de fe. Es como «lanzarse al vacío»; incluso corremos el riesgo de escuchar el silencio de Dios. ¿Te ha pasado? ¿Oras y parece que tu oración no ha pasado del techo? Incluso cuando esto sucede, debemos estar seguros de que él nos cuida. Hasta el silencio de Dios es una respuesta y, por lo general, significa: «¡Sigue confiando! Yo tengo el control de tu vida».
Recuerdo cuando mis hijos eran pequeños. Después de largos viajes con los Arautos do Rei, cuando regresaba a casa, Miguel y Rafael venían corriendo hacia mí agitando sus bracitos. Antes de que me acercara, ya querían saltar sobre mí. «¡Papá, levántame! ¡Quiero que me alces!». ¡Qué bonito era sentir esos abrazos! Y teníamos un acuerdo: antes de entregar el regalito del viaje, siempre había un momento para conversar. Quería mostrarles que lo más importante no era el regalo, sino la presencia del padre.
Dios es un Padre amoroso que desea relacionarse contigo. Está ansioso por escuchar tu voz. Él siempre te extraña. Quiere saber cómo ha sido tu día, cuáles son tus tristezas y también tus alegrías. ¿Por qué no hablas más con él? ¡Ábrele tu corazón a Dios! Él quiere ser tu mejor amigo. Él está ahí, a tu lado, esperando aunque sea el susurro de una oración.
Tomado de: Lecturas Devocionales para Jóvenes 2026
«DIFERENTE»
POR: MILTON ANDRADE
Colaboradores: Isaí Cedano y Karla González
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