«Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es».
1 Juan 3: 2
Amados, ahora somos hijos de Dios» (1 Juan 3:2). ¿Hay alguna dignidad humana que iguale a esta? ¿Qué posición puede haber más alta que ser llamados hijos del Dios infinito?— Testimonios para la iglesia, t, 4, p. 358.
¡Qué pensamiento más extraordinario, qué condescendencia inaudita, qué asombroso amor, que los hombres y mujeres finitos puedan ser aliados del Omnipotente! «A los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1: 12). «Amados, ahora somos hijos de Dios» (1 Juan 3: 2). ¿Puede alguna honra mundanal igualarse a esto?
Hemos de presentar la vida cristiana como realmente es; hagamos que el camino sea alegre, atractivo, interesante. Podremos hacerlo si lo deseamos. Podemos llenar nuestra mente con cuadros vívidos de las cosas espirituales y eternas, y al hacerlo así contribuir a que sean una realidad para otras mentes. La fe contempla a Jesús que pemanece como nuestro Mediador a la diestra de Dios. La fe contempla las mansiones que ha ido a preparar para los que lo aman. La fe ve el manto y la corona preparados para el vencedor. La fe oye los cantos de los redimidos, y acerca las glorias eternas. Debemos acercarnos a Jesús en amorosa obediencia, si queremos ver al Rey en su hermosura.— Temperancia, cap. 10, p. 180.
Tener comunión con el Padre y con su Hijo nos ennoblece y eleva, y nos convierte en panícipes de gozos indecibles y gloriosos. Los alimentos, la ropa, la posición social y la riqueza pueden ser valiosos, pero estar unidos a Dios y ser partícipes de su naturaleza divina es de un valor incalculable. Nuestras vidas deberían estar escondidas con Cristo en Dios y, a pesar de que «aún no se ha manifestado lo que hemos de ser» (1 Juan 2: 2), «cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste» (Col. 3: 4, NVI), «seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es» .(1 Juan 3: 2). La dignidad principesca del carácter cristiano brillará como el sol y los rayos de luz que salen de la faz de Cristo se reflejarán sobre aquellos que se hayan purificado como él es puro. El sacrificio de todo cuanto poseemos, incluso la propia vida, es un precio irrisorio para pagar el privilegio de ser hijos de Dios.— Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 350.
SOLO POR GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
