“Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”. 1 tesalonicenses 4;17
Al retomar una mañana de una corta caminata, escuché sonar el teléfono. Me apresuré a contestarlo. Al otro lado de la línea, una extraña voz femenina parecía estar muy preocupada.
—¿Es usted el pastor Finley?” —me preguntó la mujer. Le dije que sí lo era, y ella continuó: ‘lo soy la enfermera de la oficina del Dr. Adams, en Trenton, Georgia. ¿Conoce usted a una adolescente de nombre Jenny?»
—Sí. ¿Pasa algo?
—Me temo que sí, pastor —contestó ella— Jenny estaba cuidando del bebé de la familia Jarod. Los padres del bebé no estaban en la casa. El bebé se ahogó en su cuna —La enfermera hizo una pausa—. “Pastor, ¿cree usted que pueda venir a Trenton de inmediato? ¿Puede venir a consolar a Jenny? Y… pastor, ¿puede usted… decirles a los padres que su bebé está muerto?
Manejé a gran velocidad en las curvas entre Wildwood y Trenton, con muchos pensamientos girando en mi cabeza. ¿Debía contactar primero a Jenny o a los padres del bebé? Decidí ir primero a la casa de los padres del bebé. Al llegar a la casa, noté que había dos niñitos jugando en la tierra con unos autitos y camiones de juguete. El más chico me miró, con el rostro sombrío, y dijo: “Señor, el bebé está muerto». Obviamente los padres ya se habían enterado.
Entré en la casa y encontré a la mamá acurrucada en el sillón junto a su esposo. Él tenía su brazo alrededor de sus hombros, inconsolablemente. Sus sollozos partieron mi corazón. No me podía imaginar lo que sería pasar por este horror.
Caminé hasta donde estaba sentada la joven madre y puse mi mano sobre su hombro. En medio de sus lágrimas y sollozos me miró y dijo: “Pastor, gracias por venir”.
Durante algunos momentos no pude decirle nada. Y luego simplemente le dije: “Señora, no tengo forma de comprender su dolor. No puedo entender el dolor y el sufrimiento por el que está atravesando. No he perdido a ninguno de mis hijos. Pero hay Uno que si puede entender. Su hijo murió. Él estuvo dispuesto a dejar la gloria del cielo para morir en la cruz para que la muerte de nuestros seres queridos no sea para siempre.
“Jesús comprende su dolor. El conoce su sufrimiento. Llegará u día cuando el Cristo vivo y todopoderoso descenderá del cielo y los justos muertos resucitarán y se encontrarán con él en aire”.
Puede ver que en medio de sus lágrimas había una nueva esperanza naciendo en el corazón de esa madre desconsolada.
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Lecturas Devocionales Familiares 2023
«SOBRE TIERRA FIRME»
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal & Paty Solares
