Luego de hacer hincapié en la imposibilidad de mantener una amistad simultánea con el mundo y con Dios, Santiago explica por qué esto no es posible: «Por algo dice la Escritura: “Dios ama celosamente el espíritu que ha puesto dentro de nosotros” » (Sant. 4: 5). El Espíritu Santo corteja intensamente el corazón al que se le ha dejado entrar. Dios no quiere compartir el trono del corazón de nadie. Lo ama celosamente. Como ocurre cuando hay un adulterio, Dios se siente profundamente traicionado y afligido cuando sus hijos tienen el corazón dividido. El sufrimiento interno de un cónyuge fiel que es traicionado se refleja y amplifica en el Espíritu de Dios cuando el corazón de sus hijos aman el mundo.
Jesús expresó este profundo amor por su pueblo cuando se lamentó por Israel: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los mensajeros que Dios te envía! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos bajo las alas, pero no quisiste! Pues miren, el hogar de ustedes va a quedar abandonado; y les digo que, a partir de este momento, no volverán a verme hasta que digan: “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”» (Mat. 23: 37-39). Como podemos ver, Jesús comienza describiendo la traición: han despreciado y asesinado a los mensajeros que buscaban reconciliarlos con su Rey. Jesús los ama y desea protegerlos, pero por sus propias decisiones y actos prefirieron una casa desolada, así que no volverán a ver el rostro de Dios hasta que no cambien sus decisiones.
¿El Espíritu simplemente ama y luego deja que la debilidad humana haga el cambio necesario? No, «pero él nos da mayor ayuda con su gracia» (Sant. 4: 6, NVI). El Espíritu de Dios no deja a la humanidad abandonada con el corazón dividido. Él nos da su gracia; esa maravillosa gracia asegurada por la vida, la muerte y la resurrección de Jesús; para que la entrega y el cambio se lleven a cabo por su poder. Charles Spurgeon aconseja que debemos «notar ese contraste; notarlo siempre. Observar lo débiles que somos, lo fuerte que es él; lo orgullosos que somos, lo condescendiente que es él; lo mucho que erramos, y lo infalible que es él; lo cambiantes que somos, y lo inmutable que es él; lo provocadores que somos, y lo perdonador que es él. Observar cómo en nosotros solo hay enfermedad, y cómo en él sólo hay bien. Y aun en nuestra enfermedad muestra su bondad, aun así bendice. ¡Qué rico contraste! » («More and More», en The Complete Works of C. H. Spurgeon, t. 61).
Si sus hijos sólo reconocieran la realidad de su necesidad, él les enviaría toda la gracia necesaria y más. Esa gracia que lleva a sus hijos a someterse a Dios y resistir al diablo, y que hace que el diablo huya consciente de que no es rival (ver vers. 7). Los seres humanos no pueden resistir al diablo con sus propias fuerzas; la sumisión a Dios es necesaria y primordial. Y Dios nos da la gracia incluso para esto.
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Medita de nuevo en Santiago 4: 1-10 e identifica dónde está Jesús en el texto.
- ¿Cómo has experimentado recientemente el anhelo de Dios por ti?
- ¿En qué sentido puedes ver reflejado a Jesús en el texto o verlo de una manera distinta?
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2022.
2do. trimestre 2022 INVERSO
Lección 8 «LA IMPORTANCIA DE LO QUE QUIERES»
Colaboradores: Estrellita Hernandez y Mayra Cota
