«Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión» (Mat. 5:7).
Nunca habríamos escuchado la historia del zoológico Boo Boo si no fuera por un descubrimiento inesperado mientras caminábamos junto al mar. Lo que vimos fue un ave tratando de nadar. Uno podría esperar ver una gaviota en el océano, por ejemplo; pero no era ese tipo de ave. Era una paloma. Trataba de patalear con sus alas, pero no lo estaba consiguiendo. La levanté y se sentó en mi mano, demasiado exhausta para escapar. Una de sus patas estaba quebrada, y eso nos convenció de buscar un refugio para animales.
Para llegar, teníamos que dejar la carretera principal y tomar una más retirada y de montaña. En un punto tuvimos que detener el auto para dejar que un grupo de patos cruzara el camino. Entonces, la vimos: una extraña casa construida sobre pilotes. A un costado de la casa, en medio del bosque, se encontraba un corral; y en la mitad del corral, había un cerdo enorme recostado bajo la llovizna. Había gansos y pollos y quién sabe qué más.
Sylvan, el propietario, salió para recibirnos y llevó la paloma a una pajarera donde había otras aves. Pensó que tenía buenas posibilidades de recuperación. Luego, nos mostró el lugar. Conocimos a Bucky, el cervatillo, paralizado después de un encuentro con un cazador. Sylvan había construido un carro con ruedas que sostenía las patas traseras del ciervo para que pudiera moverse. También conocimos al compañero inseparable de Bucky: Bo, un perrito peludo que había perdido la vista.
Aprendimos que el zoológico Boo Boo había comenzado cuando Sylvan llevó a la casa un pájaro herido. A su esposa, Suzie, le habían diagnosticado cáncer terminal y cuidar del ave parecía reanimarla. Sylvan llevó más animales a la casa. Suzie los cuidó a todos. Por la noche, perros, gatos, ovejas, conejos y, generalmente, algún cervatillo se acurrucaban en la cama con Sylvan y Suzie para dormir en familia.
Es interesante que Suzie ha vivido cuarenta años más luego de su diagnóstico de cáncer. De alguna forma, mientras cuidaba de los animales, pudo recuperarse. Ese es el increíble efecto de la compasión. Kim
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Tomado de: Lecturas Devocionales de Adolescentes 2020
“Una idea genial”
Por: Kim Peckham
Colaboradores: Esteban Cortes & Antonia H
