«Escuchen, israelitas, la palabra del Señor, porque el Señor va a entrar en juicio contra los habitantes del país: «Ya no hay entre mi pueblo fidelidad ni amor, ni conocimiento de Dios»». Oseas 4: l, NVI
EL PUEBLO DE ISRAEL SE DIVIDIÓ EN DOS después del reinado de Salomón: el reino del norte y el reino del sur. De todos los reyes de Judá, cuatro intentaron hacer la voluntad de Dios: David, Josafat, Ezequías y Josías; sin embargo, de los reyes del norte, no hubo ninguno que lo hiciera. Cuando Jeroboam I reinó en Israel, levantó un becerro de oro en cada extremo del reino a fin de que el pueblo no subiera a Jerusalén para adorar al Dios verdadero. Más adelante, el reinado de Jeroboam II se caracterizó por la idolatría, la corrupción y la prosperidad material. En sus días se estimulaba el lujo en todas sus formas, se pervertía la justicia y se oprimía al pobre. El adulterio era una práctica religiosa. Todos los niveles sociales se habían corrompido. Los sacerdotes estaban entregados a la idolatría y se unían con el pueblo en su pecaminosidad.
En medio de esta situación, Dios llamó al profeta Oseas para amonestar al reino del norte y llamarlo al arrepentimiento, pero sus palabras no fueron escuchadas. Por medio del matrimonio de Oseas, Dios ejemplificó su amor por el pueblo. El profeta llegó a entender el sufrimiento de su Padre: así como Dios fue rechazado por Israel, él lo fue por Gomer; y del modo en que Dios sintió compasión por su pueblo, Oseas se compadeció de su esposa. Tanto Gomer como el pueblo de Israel fueron como el hijo pródigo, que después de haberse extraviado volvió al hogar. Este episodio evidencia el gran amor de Dios por el hombre, que no mengua ni cambia. Así como Oseas rescató a su esposa del pecado y del olvido, Dios liberó a Israel del error y de la perdición.
Resulta difícil comprender la paciencia de Dios, su gran amor y su misericordia. Cada vez que nos alejamos y volvemos a él, ¿experimentamos la inmensidad de su ternura o sentimos que Dios puede cansarse de perdonarnos? Así como el Señor recibió nuevamente al pueblo de Israel en sus brazos de amor, nos recibe también a nosotros cada vez que nos arrepentimos. Tal es su misericordia, que desea que nos acerquemos a su presencia para amarlo como él nos ama.
Ahora es el momento de acercarnos a nuestro Padre amado y entregarle todo lo que somos. Entremos bajo su sombra y sintamos cómo él nos sostiene en sus brazos.

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Tomado de: Lecturas Devocionales para Adultos 2018
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