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Matinal Para Menores 2014

No dispares a los santos

«Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Juan 4: 20).

11Las órdenes del general Phips eran cargar las municiones en los barcos y navegar por el río San Lorenzo hacia Quebec, en Canadá. En esa ciudad, él y su pequeño ejército esperarían un contingente de infantería del sur, con quie­nes atacarían el bastión francés, reclamándolo para la corona inglesa. Ese era el plan.

La flota que transportaba las municiones emprendió el recorrido a través de las inhóspitas aguas en dirección a la ciudad amurallada. Allí, bajo la oscu­ridad de la noche, esconderían estratégicamente los botes y esperarían al batallón de infantería. Todo iba según lo planificado, con el único problemita de que el general Phips, que era protestante, odiaba a los católicos. Cuando vio la ciudad amurallada desde su escondite, le molestaron tanto los santos de piedra que estaban colocados en puntos estratégicos que ordenó a sus hom­bres disparar a las estatuas. Los soldados ingleses prepararon los cañones, los cargaron y abrieron fuego contra los santos. A cañonazos derribaron las es­tatuas. El pobre general Phips estaba tan absorto que no se dio cúenta de que estaba malgastando las municiones.

Los cañonazos alertaron a los soldados franceses, que tomaron posicio­nes y abrieron fuego contra la flota. En su afán de acabar con las estatuas de los santos, Phips agotó sus municiones. El primer batallón de soldados ingle­ses llegó justo a tiempo para rescatar al general y a sus soldados. Phips había sido comisionado para resguardar el importante cargamento de municiones que le habría dado a su país y a su rey una victoria segura contra el enemigo, pero perdió su oportunidad.

Nosotros podemos hacer lo mismo. Al igual que el general Phips, usamos energía valiosa (nuestras municiones) bombardeando a nuestros hermanos en Jesús con chismes y críticas. Entonces, cuando nos toca enfrentar la ver­dadera batalla contra Satanás, nuestro enemigo real, fracasamos. Y no fraca­samos porque Dios no haya enviado su batallón de infantería celestial, sino porque hemos agotado nuestra provisión de fuerza moral y espiritual.

Tomado de:
Lecturas devocionales para Menores 2014
“En la cima”
Por: Kay D. Rizzo

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